
Una vez vestida para la fiesta que se avecinaba Sofía se sirvió un generoso vaso de ginebra. Hacía ya mucho tiempo desde que recibía gente en su casa. El último trago pasó ardiendo por su garganta al tiempo que el timbre repicó augurando la llegada de los primeros visitantes, que poco a poco fueron multiplicándose en el recibidor; revuelo de la servidumbre, los bocadillos y las copas, la música seleccionada, los saludos efusivos, sonrisas, estrechones de manos, abrazos ligeros, palabras halagando su vestido tan blanco, o aludiendo al maravilloso clima que les ha tocado ese día, y Sofía sonríe con la mejor cara que puede poner, preguntándose dónde estuvieron todas estas personas, tan amables y cálidas el tiempo transcurrido entre la muerte de su pequeño hace dos años y el caos que dejó tras de sí su marido unos meses después al marcharse sin explicación, y todo el infierno que tuvo que atravesar sin un alma que le brindara alguna de las palabras que hoy parecían sobrarles a todos.
Ella que se derrumbó y renació de sus cenizas, la misma mujer que sintió perder la razón tantas veces, y a pulso logró volver a ser la número uno en ventas con su nuevo sencillo. Sí que le dejó fama y dinero su catarsis final, y trajo de vuelta a esta multitud de sanguijuelas hipócritas.
Sofía sonríe con esa expresión tan pulcra, tan suya, se sirve un generoso vaso de ginebra y lo toma despacio, saboreando el ardor que va bajando por la garganta, el calor en el cuerpo, sintiendo el pulso y percibiendo cada detalle de los invitados conversando animosos por encima de la música de Jazz que suena al fondo, la que ella misma ha programado y que se acerca inexorablemente a la canción señalada. 30, 29, 28… apura el final de su copa y la pone sobre una bandeja. 27, 26, 25… camina lentamente, casi flotando etérea y elegante con su vestido blanco comprado para la ocasión. 24, 23, 22… Le llama un pequeño grupo que quiere compartir con ella el motivo de sus risas, ríe al escuchar la historia y hace un comentario al respecto, que el grupo recibe con una nueva carcajada, resonante por encima de las demás voces, por encima de la música que se encuentra ya en el crescendo del saxo, en el golpe redoblante de la percusión. 15, 14, 13… reemprende su marcha ligera, ascendiendo por las escaleras que llevan a la habitación principal, donde hallará la razón única de esta fiesta. 10, 9, 8… Los últimos acordes, el piano más triste que nunca, la voz de de la cantante muriendo poco a poco por el amor contrariado, lamentando lo que no fue –Un poco como yo misma- Piensa Sofía mientras toma la caja plateada que ha dispuesto con anterioridad sobre la cama. 7, 6, 5… No tiene miedo, quizás una ansiedad intensa que se ha apostado en la boca del estómago; camina con determinación, la pesada caja entre las manos. 3, 2, 1… Comienzan los acordes tan queridos y odiados, escuchados tantas veces, que conoce de memoria como el rostro de los que perdió hace ya tanto y que no volverán a ella. Sofía no lo soporta más y grita desde lo alto de la escalera, grita como quiso gritar tantas veces, vierte todo lo que ha guardado dentro de sí estos años y que apenas logró reflejar en una canción premiada, la canción que más de cincuenta personas presentes en ese apartamento jamás podrán escuchar sin evocar los gritos de Sofía, el horror en su rostro, el estruendo del disparo, pero sobre todo, el carmesí naciente y creciente sobre la pechera del admirado vestido antes tan blanco, comprado para la ocasión.






