
El hombre la mira de frente, no puede creer que por fin la tiene a menos de dos pasos. Ella sonríe y el tiempo pasa un poco más lento, -porque qué es el tiempo sino una sensación, un presentimiento, una insustancialidad meramente subjetiva?-
-Has tenido un buen viaje? -pregunta ella
-Más o menos, no he podido dormir en el avión -responde él -Es agradable al fin estar aquí
Se dirigen hacia la calle y mientras buscan un taxi los pensamientos divagan hacia diferentes extremos de la misma cuestión. Ella piensa en la manera como va a llevar a cabo los planes para la noche. Él llega sin expectativas, totalmente desprevenido ante lo que pueda suceder, es su manera de estar tranquilo y asumir el encuentro.
Durante el trayecto y un rato más hablan de cualquier cosa, que si el clima, que si el alojamiento, que si la cena... Él concentrado en la superficialidad del tema, ella anticipando, porque es esa su manera de organizar su vida y de esperar con deleite hasta lo inesperado.
En la noche, después del trabajo ella lo recoge en su hotel y lo lleva a caminar, le muestra esa nocturna e iluminada ciudad que siempre la ha seducido, y finalizan su recorrido en un bar pequeño, sentados ante un ventanal monumental que les muestra un paisaje de río y edificios, mientras escuchan una música que les identifica a ambos haciéndolos sentir más familiares, como si su costumbre semanal fuese ir justo a ese lugar y sentarse justo en esa mesa que mira a la calle desde una altura suficiente como para observar las aguas transcurrir eternamente.
Mucha charla, las risas, el humo, el licor, cada vez más felices y cercanos, mucho más cerca hasta casi tocarse los rostros con las narices, discriminando el olor del otro entre todos los olores circundantes, preguntándose internamente qué más puede pasar, qué les va a deparar la noche que aún no se termina; él sosegadamente, ella ya ansiosa y deseosa de que algo suceda, exhaltada un poco por los Margaritas y el cigarrillo, por la música de fondo; y finalmente llega el momento de marcharse, el momento de las decisiones, el momento en el que se devela el futuro al convertirse en presente. Le han entrado nervios y decide irse a su casa, pero la curiosidad es más grande, siempre es más grande, y cuando él le pide quedarse -por seguridad, seguramente- ella sólo alcanza a pensarlo tres veces, y baja del taxi detrás de él, subiendo a la habitación silenciosa y oscura, sintiendo con cada paso subir la tensión.
Ahora ella se siente otra, le ha transformado el alcohol y la excitación, y decide que si él ha llegado a una ciudad extraña, ella se convertirá en otra persona para no dejarlo tan solo en su viaje, así que comienza a incitarlo con palabras ajenas, con miradas lascivas que él desconoce en su rostro, se inventa una historia para excitarle, para comenzar un juego que sólo puede terminar de una forma, y a él no le disgusta jugar, así que ayuda a transformar la historia en algo más interesante aún, un juego de roles donde ella se reinventa y él sorprendido, pero gustoso, ayuda a moldear el nuevo invento.