27 agosto 2019

AS BAJO LA MESA


Cuatro hombres en la partida, mi cabeza en juego y yo sabía que al menos dos de ellos tenían buenas cartas. 10-J-Q-K-4 es lo que la baraja de Marie me dio esta vez. 

Inadvertidamente hice el intercambio. Sin haberlo visto antes sabía dónde estaría situado, porque mi pequeña puso el As ganador bajo mi lado de la mesa. 

La semana pasada casi pierdo mis piernas a manos de los matones del Viejo Schmith.  Si ganaba la ronda podría pagar la deuda y llevar a Marie a las Bahamas, como siempre ha soñado.

El grandote de la gorra azul, el único del grupo que no conocía, me miraba insistentemente. Un tipo duro. Dicen que dejó ciego a su asistente con un cuchillo al rojo vivo cuando intentó robarle el mes pasado. Me aterraba pensar lo que podría hacerme si se enteraba del As de Marie y el reparto trucado, pero ella insistió en invitarlo porque necesitábamos el dinero y a él le sobraba. 

Los otros tipos eran inofensivos, los conozco de antes, estúpidos niños ricos del Boulevard, que sólo buscan la manera de desperdiciar su dinero y sus vidas.

Sonaron los Stones en la radio y entre la progresión de la percusión y el riff de la guitarra pude oler la libertad, entonces aposté mis restos y con la mirada penetrante del de la gorra azul, esperé. Todos copiaron mi apuesta y mi pulso se aceleró aunque mi cara continuaba inexpresiva, como debe ser cuando se es el líder en fichas y se trata de un juego definitivo.

Ahora que estoy desangrándome como un cerdo me doy cuenta de mi estupidez. Yo que pensaba llevar a Marie a conocer el hermoso mar de las Bahamas. Mi pequeña Marie, quien insistió en invitar al de la gorra y que sabe perfectamente que ninguna baraja tiene dos ases de picas.

11 agosto 2019

EZEQUIEL 25-17 (Relato de una era sin smartphones)


Ezequiel tomó un taxi indicando la dirección del apartamento del centro donde habitaba hace un par de años. Había sido una suerte encontrar un espacio en el piso diecinueve de un moderno edificio en esa ciudad tan grande donde no conocía a nadie, donde nadie le importaba a nadie, y él importaba menos que cualquiera.

Tiempo después de la conversación con la mujer virtual –que en pocas horas sería muy real- tenía bastante tiempo para prepararse, así que después de una siesta reparadora decidió tomar un baño de burbujas y un vaso de ginebra en las rocas para calmar la ansiedad y el deseo que crecía exponencialmente con cada minuto.

Escuchando la 5º de Beethoven y sumergido hasta la barbilla imaginaba el sabor de la piel de su amiga. La conoció en uno de esos foros virtuales donde se comparten aficiones comunes y se gasta el tiempo que generalmente se usa para trabajar o dormir y desde entonces conversaban varias horas cada día.

Sugar_25_17 era su nickname en la web. Que dulce le pareció desde el comienzo, una mezcla vibrante de sensualidad ingenua e inteligencia aguda. Estaban por completar año y medio de amistad virtual, y después de muchos preparativos, ella vendría a la ciudad para al fin sublimar las fantasías de los últimos meses. Desde que planearon su encuentro Ezequiel difícilmente pensaba en otra cosa.

Cuando decidió que ya era suficiente tiempo para un baño, salió de la tina y comenzó a acicalarse concienzudamente, con la mujer siempre en su mente, contando ya las horas para recogerla en el aeropuerto.

Era un hombre metódico, por esa razón ascendió rápidamente en la compañía. Sin familia y sin otras responsabilidades que él mismo, había vertido todas sus energías en el trabajo y en algunas aficiones insulsas que para él lo eran todo. Casi nunca se le veía en las reuniones sociales, y de asistir, no permanecía más que el tiempo suficiente para ser visto por sus superiores, así que tenía fama de solitario e introvertido. Aunque realmente podría ser muy divertido, de ello daban fe sus amigos virtuales.

Llegado el momento salió del apartamento, y pensando en ella, tomó el taxi que habría de llevarlo al aeropuerto, perfumado, con su mejor traje y con la idea de comprarle algún regalo en aquella tienda junto al café de la zona comercial mientras aguardaba la llegada del vuelo.

Estuvo esperando durante un cuarto de hora hasta que vio aparecer el número en las pantallas azules, entonces se dirigió a la zona de desembarque con el regalo en la mano y una inquietud de emoción en el estómago. Veinte minutos más mientras la imaginaba mostrando su documentación en inmigración; Otros quince minutos, y comenzaron a salir los pasajeros de su vuelo; diez minutos más, y ya no salió nadie.

No sabía a quién preguntar así que se dirigió al ciber-café del aeropuerto. Tal vez ella había tomado otro avión, o tal vez tuvo algún percance, quizás él tomó mal los datos del avión. Estaba desesperado cuando accedió a su cuenta de correo electrónico. Se encontró con cinco e-mails nuevos. Uno era de ella.

"Querido Ezequiel me he pasado la última hora en la sala de espera del aeropuerto pensando en un buen motivo para ir a verte. No encuentro ninguno. Nuestra aventura virtual nunca podrá convertirse en algo real, lo dicen miles de kilómetros de separación. No tengo corazón para verte por tres días y marcharme después. Por eso he decidido no asistir a nuestra cita, por eso he decidido alejarme de tu rostro en la pantalla y de tus mensajes de imposible amor virtual. Cuídate. Sug."

Leyó el mensaje dos y tres veces, tratando de convencerse a sí mismo que estaba leyendo mal, que debía ser un error, tal vez una broma. Con desazón Ezequiel tiró el regalo en el cesto de basura más cercano y tomó un taxi a su vacío apartamento del centro. Al llegar llenó la tina con sus burbujas relajantes, como acostumbraba a hacer cada vez que se sentía triste y sirvió su acostumbrada ginebra, esta vez sin hielo.

Mientras la 5° de Beethoven iba llegando a su final en el reproductor, la sangre iba mezclándose con el agua en el tapete del baño.


02 agosto 2019

INSOMNIO


Ella no puede dormir. Trató con pastillas, ejercicio, yoga, películas repetidas, tisanas, y hasta hipnosis. Nada le funcionó. Después de muchos años logró adaptar sus rutinas a los horarios imposibles de su ciclo circadiano y alrededor de las tres de la madrugada baja a la cafetería cercana a su casa donde come algo liviano y toma un café mientras lee la novela de turno.

Él está escribiendo un libro o componiendo una canción, quizá dibujando algo. Es artista, tiene que serlo con su cara seria –casi atormentada- Siempre llega a la cafetería a la misma hora, toma la mesa del fondo y no para de garabatear en una libreta. Pide expreso y despacha a la camarera apresuradamente como si interrumpiera algo muy importante. De vez en cuando levanta la cabeza para mirarla. Siempre la ve llegar con un libro, pedir café y sentarse en el mismo lugar frente a la ventana. No se ha animado a hablarle, ella está más allá de su alcance. El gesto con su mano atrapando el cabello bajo la oreja, la sonrisa que brinda a la camarera, la seriedad en el rostro mientras repasa las hojas del libro. Le gustaría capturarla en la libreta, pero se le escapa el detalle preciso.

Esperar a que algo pase puede resultar agotador pero hacer que las cosas sucedan es todo un arte. Hoy decidió hablarle. Pero no precisa cómo abordarla sin ser rechazado. Tendría que ser algo muy casual para no asustarla y suficientemente interesante para que lo atienda sin sentirse interrumpida. Decidió hablarle sobre libros, que por suerte es uno de sus temas de dominio y algo que a ella parece gustarle tanto como el café.

Últimamente desea que llegue la madrugada, ya no le teme. Lleva dos semanas hablando con el artista de la cafetería y cada conversación la entusiasma. La anticipación del encuentro permanece durante la vigilia y al dormir sueña con él. Se levanta con delicadeza de la cama para no molestar al esposo, que llegó de viaje hace algunas horas y tiene la suerte de dormir en horas normales. Se viste con descuido, toma su libro, las llaves, y camina las escasas cuadras que la separan de su encuentro.

Está en su lugar acostumbrado, lo saluda con la mano y pide un café negro sin azúcar a la camarera, que le sonríe y saluda como a una vieja conocida. Le hace una seña para que lo acompañe y ella se acerca hasta la silla frente a él. Qué día más largo y pesado, ¿Te fue bien? ¿En qué trabajas hoy? ¿Te pasó algo interesante? Y siempre le pasa algo interesante. Ella lo escucha a veces sin oírlo, su voz le encanta, la transporta, la tranquiliza. Pasan horas que no siente, y llega el momento de despedirse. El momento de ir a su vida real.

Él se pregunta todo el día qué estará haciendo ella y entra en la cafetería imaginándola en cualquier actividad que pudiera realizar a esa hora extraña. Cada madrugada desde que se hicieron amigos teme que no venga. Sabe que un día no va a venir y entiende que está bien que algo así suceda. Hoy tiene mucho para contarle, cosas que le pasaron durante el día y cosas que sabe de memoria desde su niñez. Siempre cree que va a aburrirla o abrumarla con tantas palabras y un día ella va a gritarle que se calle, pero también sabe que estaría bien porque él entiende de soledades y de gente que se aburre y se marcha. No es que no le importe, sabe que así son la vida y la gente, lo ha aceptado como un hecho porque en el fondo nada importa, sólo este momento, y ahora vive para contarle cosas a ella en el rincón de la madrugada que comparten y eso también está bien.

La ve a través de la ventana antes de que ella lo vea. Lleva puestos unos jeans, una camisa a cuadros y trae un libro en la mano derecha. Está despeinada y va sonriendo discretamente. Entra en el local, lo saluda y pide el café de siempre. Él la llama con los ojos y con la mano y ella se desliza hasta la mesa. ¿Te fue bien hoy? ¿Cómo vas con el libro? ¿Dormiste bastante? Él le habla sobre su escritor favorito y cómo logra retratar la realidad a través de detalles mínimos, cómo sus personajes logran modificar la historia con sólo mover una taza o calzarse un zapato. Parece aburrida, seguro está aburrida. Pasan las horas y ella se marcha porque debe dormir un poco antes de ir al trabajo. Se va a su vida real, deslizándose como llegó, y él pide otro expreso antes de irse a la suya.

Deberíamos almorzar un día de estos, vernos de día como la gente normal y no como vampiros -Se ríe contenta al decirlo- tal vez ir al museo o al cine y compartir un helado o unas cervezas. Vamos mañana, dice él. ¡Podríamos ir a bailar! No, a bailar no, no me gusta bailar. Bueno, al cine entonces. Vamos al cine, en la cinemateca pasan una película que quiero mostrarte, es perfecta la ocasión. Bueno. Vale.

Son las tres, pero es de día y ella está nerviosa porque ha llegado antes que él y teme que no se presente a la cita. Estaría en casa sola, porque su esposo salió de viaje otra vez, de modo que le alegra poder hacer algo fuera y tener compañía. Lo inusual del acontecimiento la tiene con una disposición emocional extraña, aunque también está así porque va a ver al artista en un territorio nuevo, bajo otras luces, en otro contexto. Está nerviosa porque sabe que ha comenzado a gustarle más allá de lo que le cuenta, más allá de lo que debería gustarle. Se pregunta qué pensará de ella y por qué sigue hablándole, por qué accedió a verla a otras horas y en otro lugar. Piensa y sigue pensando distraída y la llegada de él la toma por sorpresa, le sonríe y lo saluda como siempre, pero de forma diferente porque hoy todo es diferente.

No contaba con el horario del transporte público, calculó mal la hora y va un poco tarde, sudoroso, acelerado. La ve esperándolo en una silla del parque, frente a la cinemateca. Se ve diferente: Lleva un vestido, está peinada, se maquilló un poco y está más bonita de día. Se disculpa por la tardanza, pero ella sonríe y de inmediato él se tranquiliza como si eso bastara para detener el mundo unos segundos y normalizar la respiración agitada que trae por el afán. Entran al cine y pasan hora y media con la pantalla frente a ellos. Él anticipa lo que quiere decirle sobre la película y se anima más.

Frente a unas cervezas el tiempo pasa lento, charlando sobre la película y sobre la vida miran la lluvia que llegó sin anunciarse. Él habla como siempre y ella un poco más que de costumbre porque el licor le afloja la lengua. Se miran a los ojos y a los labios, intentan actuar normalmente pero la normalidad está al otro lado de la ciudad, tal vez al otro lado del mundo. Él quiere besarla pero no sabe si va a ser correspondido, así que hace bromas para que ella ría porque de ese modo puede ver mejor su boca e imaginar su sabor. Ella quiere besarlo pero sabe que no debe porque sería el primer paso para perder la voluntad y todo lo demás. El tiempo tomó vuelo y de repente se hizo la hora de irse, au revoir mon chérié, see you soon, matta ne.

La segunda salida durante el día fue para almorzar. Él llegó puntual donde ya esperaba ella y la conversación fluyó como siempre. Caminaron luego de comer y entraron por cervezas en un estanco abierto y fresco. Me gustaría irme lejos y regresar sólo para que me mires como me miras ahora. ¿Cómo te estoy mirando? Como si estuvieras enamorada de mí. Qué tontería,  si vos sabés que creo que el amor es estúpido. El amor no es estúpido. Blah blah bla, sí lo es, y de no serlo, a mí no me sirve para lo que se supone que sirve. ¿Y para qué sirve entonces? Para procrear y llenar la tierra de modernas e inútiles copias de uno mismo. ¿En serio crees eso? ¿En realidad importa? No, no importa. Bueno. Bueno. Quiero besarte. También yo. Silencio incómodo que se expande entre ellos. Intentan hablar de otras cosas, pero las palabras quedaron flotando y la rareza del momento se puede tocar con los dedos. Entonces él decide besarla sabiendo que nada importa más allá del momento y ella responde al beso con renuncia, entendiendo que algunas cosas son inevitables.

Entraron separados a la habitación. Ella la recorrió con la mirada, estaba ordenada y no era desagradable. Él fue al baño. Ella se desnudó, se acostó y se cubrió con la sábana. Al regresar también él se desnudó y la descobijó despacio, acariciándola. Se acostó a su lado sin dejar de tocarla. Ella lo besó y lo abarcó con los brazos. Él no tuvo una erección, había bebido mucho, sin embargo le bastaban las manos y la boca. – ¡No me muerdas! –La mordió en los hombros, en la espalda, en el costado, en la cadera derecha; cuando la mordió fuertemente en la mejilla, ella le dio un golpe seco en la cara. ¡No me muerdas!  Él hace un gesto de dolor, pero vuelve a besarla. Ella lo muerde en las piernas y en un hombro como venganza, pero también lo disfruta. Él dice: –Me vas a dejar marcas pero la verdad no me importa.  Ella se ríe.

De costado mirándose. Las narices muy cerca, besándose de cuando en cuando, respirando el aire del otro, oliéndose mutuamente. Ella le acaricia el pelo y la mejilla, él cierra los ojos y dice “te quiero”, probablemente pensando en otros rostros y otros cuerpos. Juntos reposan preguntándose qué pasará a continuación. Él se duerme y ronca un poco. –Es muy tarde, hay que irse- Ella se levanta, se viste y se tiende en la cama mientras él se pone la ropa, pero entonces algo pasa, se transforma, se eleva. –No, ya es muy tarde, hay que irse. Pero ella sabe que va a perder más tiempo negándose y ambos van a estar molestos al final, de modo que consiente. Él le agarra fuerte el hombro, sus dedos se marcan bajo la clavícula. Los dos se hallan al borde. Los gemidos quedos de él, la luz del cuarto, la sensación en la entrepierna, todo junto hace que la cama parezca girar. Él le da un beso y ella se maravilla con sus labios, con el sabor de su boca, con las ganas de quedarse ahí para siempre. Pero ya es muy tarde y hay que irse.

En el baño se acicala y se acomoda la ropa. Salen de la habitación tomados de la mano, despidiéndose con la promesa de repetir el encuentro. Algún día quizá. O no.

Se le ha vuelto extraño caminar hasta la cafetería pensando que él no va a estar ahí. En ocasiones no está, pero de él aprendió que la vida se compone de una infinidad de momentos que ocurren en el presente y no vale la pena nada que vaya más allá. Cuando por fortuna lo encuentra conversan como siempre, como si no hubiese una historia de mordiscos entre ellos y es maravilloso porque disipa cualquier incomodidad hipotética y les aleja del común de la gente. La fascinación por su voz y su charla siguen ahí, su vida real sigue ahí, y eso también está bien.

Él va cada vez que puede, se le ha hecho un poco difícil estar todas las madrugadas en la cafetería porque su vida cambió de repente y sus horarios son diferentes ahora, pero quiere verla y contarle las cosas que están en su cabeza, probablemente porque ella escucha, o porque le gusta mirarla cuando se ríe. Tal vez se ha vuelto un hábito difícil de dejar, y mortal como el licor o el cigarrillo. Pero seguramente no importa. De algo tiene que morirse la gente.

11 marzo 2019

MENGUANTE


Observa la escena con curiosidad -¿Estoy soñando?-  Lleva dos días delirando, pero nadie lo ha notado. Sólo le calman las pastillas que ya no toma, y el cannabis que consume sin parar desde hace una semana. La mente se le voló de nuevo. -¿Es un sueño?- Toma la daga con cuidado, el reflejo de la luna menguante en la hoja le parece un designio. -¿Cuántas veces tendré que matar a Sara? Ya no recuerdo cuántas llevo. Ahora Sara está follando con un tipo en el pasto, pero ¿No era Sara de otra raza y otro tamaño? -Debo estar soñando.

Estábamos sentados sobre el pasto crecido. Me tenía aburrida su verborrea. Lo empujé al suelo con la mano libre. Me preguntó qué pasa, yo le sonreí y me acomodé encima de él, sonreí de nuevo y me acerqué a su cara. Él también sonrió. Me tomé unos momentos para mirarlo a los ojos, para tocarle el pelo tan suave, tan largo. Le acaricié la mejilla y lo besé con avidez. Él respondió con cautela al principio, luego se dejó llevar. Nos devoramos los rostros, casi fundimos los cuerpos, las ropas volaron lejos, los ríos del cuerpo fluyeron. Cerrados sus ojos escupió, succionó y lamió. Su boca sabía a menta y a cerveza, a sudor y sal. Jadeante batalla campal en medio del pasto crecido, saltando el uno sobre el otro, desgarrándonos de a pocos en una agonía agitada y sucia, llena de ganas contenidas, una bomba que explota de repente.

Estaba hablándole sobre la historia de las armas blancas cuando a Juliana se le metió algo adentro y comenzó a ponerse caliente. Comenzó a frotarse sobre mí y a besarme, y yo me dejé con gusto. Está buenísima y yo no iba a ser el idiota que le dijera que no. Me dejé llevar, ella se estaba encargando muy bien. Cerré los ojos para sentir más. Juliana hacía esos ruiditos sabrosos que me tenían en la luna. Cuando se desplomó pensé que se había venido y que estaba exhausta. Qué bonita era. Qué bien olía. Qué rico follaba. Cuando abrí los ojos estaba tumbada sobre mí. Detrás de ella había un tipo, mirando al cielo, como ido. Tenía en la mano la daga del siglo dieciocho que traje para presumir. Estaba todo ensangrentado, pero el tipo sólo miraba al cielo. Yo me asusté y removí a Juli, pero ella estaba muy quieta, entonces me di cuenta que no estaba sudando mucho como yo pensaba. Era sangre… ¡Lo que nos cubría era sangre!

Se acerca con cautela a la pareja, dejando que la luna menguante le guíe. Ellos no le han visto. Se introduce en la blanca piel como en mantequilla caliente, una, dos, tres veces. La chica comienza a gemir de otra forma, voltea su cabeza para mirarlo. No se parece a Sara, pero él no cae en el engaño. La acaricia de nuevo con la daga y ella cae con gracia sobre el cuerpo del amante, derrumbada sobre sudor y sangre, derrumbada por el último embeleso. -¿Estoy soñando?   

El tipo me miró y yo sabía que iba a atacarme también. Comencé a gritar desesperado por ayuda, a gritar para que se asustara y se fuera, a gritar por el miedo que me dominaba. Me dijo que me callara, que lo dejara oír algo, no sé si se concentraba en la música que se oía a lo lejos, o si había otra cosa que escuchar, yo sólo gritaba con lo que me daba la voz, entonces se desesperó y se me tiró encima con la daga. Yo estaba en piloto automático y me hice a un lado, pasando sobre el cuerpo ensangrentado de Juliana, él cayó de narices en el espacio que dejé, pero se giró con rapidez y yo me abalancé sobre él.

Siente el viento frío en la cara, pero su mente sigue confusa. Sara dejó otra vez el mundo y yace a unos metros pero todo sigue sin tener sentido. Mira la luna esperando una señal, intentando oír lo que el universo quiere de él, pero el amante de Sara comienza a gritar. Las voces del universo se aplacan. -¡Callate que no me dejás oír!- Pero el muchacho sigue gritando. Camina hacia él con el cuchillo en la mano y se le lanza encima.

Estaba cubierta de sangre y perdí el conocimiento por un rato. Cuando desperté todo era rojo y negro. Andrés se sostenía el abdomen y rosas negras le crecían entre los dedos. Me levanté sintiendo fuego en la espalda, tomé la daga del suelo cerca de sus pies ensangrentados y me acerqué al atacante, que vomitaba al inicio del bosquecito, agachado y recostado a una guadua. No tuve que empujarlo muy fuerte para que se cayera, quedando de cara a las estrellas. -Sara, ¿Sos vos? Me dijo. Me arrodillé cerca de su hombro, creo que estaba llorando. -Sara,  quiero irme a casa, no aguanto más. ¡No soy Sara!, le grité mientras le enterraba el cuchillo en la garganta una, dos y tres veces. ¡No soy Sara!

Desesperado porque no le dejaba escuchar las voces, se arroja sobre el amante de Sara con intención de callarlo. No entiende que tiene que quedarse callado, ¿Cómo hacerlo entender? Cae cerca porque él se giró de lado, y cuando lo iba a atacar, el cuchillo se quedó prendido de su estómago. Comienza a darse cuenta de la sangre alrededor y se siente enfermo. Se levanta y camina hacia los arbustos para vomitar, agachado, de espaldas al sangrerío. Todo está nublado, asqueroso, insoportable. Se gira y ahí está ella –Sara, Sarita, ¿Sos vos?

LA BOCA

Nos fuimos un día a hacer un recorrido turístico por Buenos Aires en un bus en el que podíamos bajarnos en diferentes puntos de interés. Mi esposo quiso tomar fotos en el Estadio del Boca –muy a mi pesar- porque la verdad no le veía la gracia. Íbamos con la advertencia de mi amigo David de que en ese barrio teníamos que ir con cuidado, así que probablemente yo iba prevenida y Manuel con su cámara, tomando fotos como si nada. Cuando estábamos en la parada esperando el siguiente bus, -era un paradero de otros buses municipales, entonces había mucha gente esperando, no sólo los del tour- nos abordó un señor de unos 60 años, tenía los ojos más azules que he visto, unos dientes con manchas cafés y estaba fumando. Comenzó a hablarnos en inglés sobre algo que yo no le alcancé a entender, hablaba muy rápido y con acento. Luego en español comenzó a repetir lo que venía diciendo, algo sobre George Lucas y su genialidad, totalmente descontextualizado y teniendo en cuenta que era un desconocido y nos hablaba con familiaridad, como si estuviéramos en medio de una conversación, a ambos nos pareció curioso, pero llegó un momento en el que yo comencé a sentirme rara, no sé si era la avalancha de palabras, la invasión del señor a mi espacio, la prevención que llevaba de estar en ese lugar –con cámara por fuera del bolso incluida- o si realmente pasaba algo extraño, de pronto todo comenzó perder peso, me sentí mareada, como hipnotizada, como que me iba… Y me fui casi corriendo al otro lado del paradero, dejé al señor hablando solo y Manuel se fue detrás a preguntarme qué me pasaba. Por supuesto le pareció extraña mi actitud y se asombró un poco por mi nerviosismo, el cual sentí un rato más. No sé adónde se fue el señor, creo que se subió a uno de los buses que pararon en ese lapso, pero fue bastante extraño porque de los dos yo suelo ser la confiada y la que disfruta hablando con extraños y locos.

30 enero 2019

DEJA VU


Esta mañana desperté sobresaltada. He soñado algo que en estos momentos es impreciso, pero que durante el sueño tenía todo el sentido del mundo.

Le he dado vueltas todo el día desde el café de la mañana, hasta el momento del almuerzo, donde el sándwich que me he preparado no me sabe a nada. Sólo puedo sentir el sabor del sueño inquietante que aún me persigue.


Al finalizar la jornada me olvidé del asunto, y sin razón aparente resolví caminar hasta mi casa.
-Que idea la tuya, caminar con esta lluvia -Me dice mi compañera-  vas a pescar un resfrío, mujer.
Yo le sonrío sin ganas, pero no le digo nada. Tomo mi paraguas y salgo al anochecer lluvioso, caminando sin razón.

La calle vacía, el juego de luces sobre el pavimento mojado, la lluvia resonando por fuera, un palpito inesperado por dentro. No es nada bueno, eso lo sé. Me recuerda algo impreciso, inquietante.

Distingo una persona alargada en la esquina, cerca del teléfono público. Las sombras distorsionan su forma, sólo se alcanza a entrever que está envuelta en un abrigo, coronada con un sombrero. Está empapada, pero impávida espera... ¿Espera qué?... El corazón palpitante, la sensación conocida. ¿Me había sucedido antes ésto? Hago uso de toda mi reserva de calma y sangre fría y sin perder la cabeza sigo caminando. Los tacones sobre el pavimento, las luces sobre las vitrinas, la lluvia afuera, el palpito dentro.

Trato de mirar de soslayo a la persona del abrigo y el sombrero, intento no cruzarme con su mirada porque tengo miedo, porque dentro muy dentro, sé lo que voy a ver. Y no quiero.

Bajo el paraguas lo suficiente como para cubrir mi rostro sin dejar de mirarle. Un escalofrío recorre mi espalda, ¿frío o miedo? siguen resonando mis pasos sobre el pavimento mojado acercándose cada vez más hasta ser ya imposible no verle claramente, y darme cuenta de que viene a mi encuentro, lenta y pesadamente, como si me estuviera esperando.


Tiene el horror algún rostro? Eso no lo sé. Quizás no haya más horror que el encontrar tu propio rostro melancólico bajo la lluvia, que esperándote venga a tu encuentro ataviado de abrigo y sombrero empapados y con un cuchillo sangrante en la mano.

Aquí es donde despierto sobresaltada.

Frente al espejo del tocador me pregunto por ese sueño impreciso que me parece haber soñado tantas veces. En este punto del día nunca tiene sentido, pero no deja de ser algo inquietante. Nada bueno.

24 enero 2019

LA FLOR EN EL FANGO


La chica se acercó a la barra vertical, justo en frente de mi campo visual, y comenzó a bailar insinuante y cadenciosa. Era mucho más bonita que la anterior. La miré moverse con sus juveniles formas mientras el idiota que me llevó a esa pocilga me contaba no sé qué penas. Yo sólo miraba la chica, que a su vez me miraba entre salto, roce y contoneo… Un billete de alta denominación en la mano, un cruce de palabras, y lo próximo que recuerdo es su mano en mi brazo, tratando de mantener una sobria línea recta. ¿Cuánto habré bebido?

-Voy guiado por una bella flor que encontré en el fango- dije riéndome, no muy seguro de haber dicho algo. La chica me miró. Algo brillaba en sus ojos, pero puedo asegurar que no era el licor. No dijo nada, acrecentando la sensación de irrealidad que me invadía.

Una vez en su apartamento me di cuenta que no era un lugar desagradable, incluso se percibían tenues rasgos de buen gusto en el mobiliario y la decoración, bastante sencilla pero de buen ver. Un par de cuadros de un artista que no reconozco, haciendo juego con los muebles y la iluminación; generalmente no me fijo en estas cosas, pero llamó mi atención la diferencia monumental entre el estilo de esa chica y las otras de su clase que he conocido.

Un vaso con un líquido ambarino llegó a mi mano desde la suya, tan blanca y pequeña, la muchacha sonreía mientras desabrochaba mi pantalón diestramente. No identifiqué el licor que estaba bebiendo y traté de preguntarle sobre éste –Que vacié casi por completo en el primer trago- pero de mi boca no salió sonido alguno. El vaso cayó al suelo, lo sé por el sonido de cristales que escuché por encima de la música, porque ni las manos lograba sentirlas.

Justo en ese momento, como si el sonido del cristal haciéndose pedazos fuese la señal esperada, la chica abandonó la actividad emprendida a mis pies, y levantó su mirada hacia mí, tan bella, tan feroz, tan inquietante. Me empujó recostándome sobre el sofá y puso una almohada bajo mi cabeza.

Inició una sonrisa dulce, que fue modificándose poco a poco en la medida en que su mano izquierda buscaba afanosamente algo bajo el sofá donde me encontraba inmóvil. -¡A que puedo asustarte un poco! -Dijo en un rictus casi demencial, mostrándome un afilado cuchillo. Nunca antes la vi más bella.
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