Nos
fuimos un día a hacer un recorrido turístico por Buenos Aires en un bus en el
que podíamos bajarnos en diferentes puntos de interés. Mi esposo quiso tomar
fotos en el Estadio del Boca –muy a mi pesar- porque la verdad no le veía la
gracia. Íbamos con la advertencia de mi amigo David de que en ese barrio
teníamos que ir con cuidado, así que probablemente yo iba prevenida y Manuel
con su cámara, tomando fotos como si nada. Cuando estábamos en la parada
esperando el siguiente bus, -era un paradero de otros buses municipales,
entonces había mucha gente esperando, no sólo los del tour- nos abordó un señor
de unos 60 años, tenía los ojos más azules que he visto, unos dientes con
manchas cafés y estaba fumando. Comenzó a hablarnos en inglés sobre algo que yo
no le alcancé a entender, hablaba muy rápido y con acento. Luego en español
comenzó a repetir lo que venía diciendo, algo sobre George Lucas y su
genialidad, totalmente descontextualizado y teniendo en cuenta que era un
desconocido y nos hablaba con familiaridad, como si estuviéramos en medio de
una conversación, a ambos nos pareció curioso, pero llegó un momento en el que
yo comencé a sentirme rara, no sé si era la avalancha de palabras, la invasión
del señor a mi espacio, la prevención que llevaba de estar en ese lugar –con
cámara por fuera del bolso incluida- o si realmente pasaba algo extraño, de
pronto todo comenzó perder peso, me sentí mareada, como hipnotizada, como que
me iba… Y me fui casi corriendo al otro lado del paradero, dejé al señor
hablando solo y Manuel se fue detrás a preguntarme qué me pasaba. Por supuesto
le pareció extraña mi actitud y se asombró un poco por mi nerviosismo, el cual
sentí un rato más. No sé adónde se fue el señor, creo que se subió a uno de los
buses que pararon en ese lapso, pero fue bastante extraño porque de los dos yo
suelo ser la confiada y la que disfruta hablando con extraños y locos.

11 marzo 2019
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