
Es fascinante la idea de tener un amor imaginario. Imaginarle caminando por una calle blanca mientras te imagina imaginándole.
Es práctico tener un amor imaginario porque ofrece a la realidad ingredientes para preparar la felicidad, al planear un encuentro.
Es dulce pensarse en la distancia mutuamente, imaginando cómo le imaginará el otro, mientras andan y desandan aquella imaginaria calle blanca.
Imaginar un encuentro imaginario en la blanca calle, donde siempre le imaginas imaginándote, es más real que el amor real; más simple, más sentido, más cálido que cualquier realidad, pero también más peligroso porque la realidad tiene límites, la imaginación no.
Es práctico tener un amor imaginario porque ofrece a la realidad ingredientes para preparar la felicidad, al planear un encuentro.
Es dulce pensarse en la distancia mutuamente, imaginando cómo le imaginará el otro, mientras andan y desandan aquella imaginaria calle blanca.
Imaginar un encuentro imaginario en la blanca calle, donde siempre le imaginas imaginándote, es más real que el amor real; más simple, más sentido, más cálido que cualquier realidad, pero también más peligroso porque la realidad tiene límites, la imaginación no.